martes, 1 de abril de 2014

Petróleo, expiación ambiental en el Golfo de México

Gabriel Quadri, para El Economista.
Al igual que en las ideologías políticas, en las ideologías ambientalistas hay catecismos y dogmas (como la satanización de la energía nuclear y de los transgénicos), cuyo cuestionamiento provoca anatemas  y excomuniones. Hay también pecadores irredentos a quienes no se les concede siquiera el purgatorio, y nunca gracia o absolución. A veces, aunque tengan bien ganado el infierno y la condena final sea inapelable, cierta misericordia científica debiera dar expiación a su alma, cuando pueda demostrarse alguna virtud no despreciable. Tal cosa ocurriría con la industria petrolera, en especial, con sus instalaciones marinas.
Los arrecifes de coral son los ecosistemas marinos más diversos y productivos, equivalentes en el océano de los bosques tropicales terrestres. Se trata de construcciones de origen biológico desarrolladas por los corales, pequeños animales en forma de pólipo. Los corales llamados  hermatípicos por la ciencia, alojan en su interior y en simbiosis a algas denominadas zooxantelas. Estas últimas llevan a cabo fotosíntesis que absorbe el CO2 disuelto en el agua. En un complejo proceso bioquímico el CO2 se combina con el calcio también disuelto en aguas marinas para formar carbonato de calcio. Los corales lo excretan y dan origen a verdaderas piedras y enrocamientos naturales que crecen durante muchos años hasta convertirse en estructuras formidables que integran plataformas e islas (como en Veracruz), o bien cadenas bordeantes a lo largo de las costas (como en Quintana Roo), o extensas barreras a lo largo de miles de kilómetros (como la Gran Barrera Arrecifal Australiana). Además de proteger a las costas de los huracanes, estos arrecifes ofrecen soporte, refugio y alimento a innumerables especies marinas que constituyen riquísimos sistemas ecológicos, muchas de ellas con alto valor comercial en la pesca.  Pero los corales sólo pueden fijarse y colonizar sustratos duros, no fondos fangosos o arenosos como los que prevalecen en casi todo el Golfo de México, donde los arrecifes coralinos son escasos y puntuales (Veracruz, Tuxpan, Sonda de Campeche, Galveston), y aislados unos de otros y  del Gran Caribe. Téngase en cuenta que los arrecifes coralinos están bajo asedio en todo el mundo por la contaminación, la sobrexplotación pesquera, y el cambio climático.
En el Golfo de México la industria petrolera ha venido en su rescate. Desde los años cuarentas del siglo XX cerca de 50 mil pozos petroleros marinos han sido perforados principalmente frente a las costas de Luisiana, Texas y Campeche, y se han emplazado alrededor de 4 mil estructuras para operarlos. Las instalaciones petroleras se elevan desde el fondo de la plataforma continental hasta la superficie del mar, y prodigan un sustrato duro para la colonización de una gran variedad de organismos, entre ellos los corales. Se han constituido en islas y arrecifes artificiales, dando origen a ecosistemas de gran diversidad que  no existirían de otra forma. Así, las instalaciones petroleras han incrementado la estabilidad de las comunidades coralinas tanto en los arrecifes naturales como en las propias plataformas, y han sido un factor crucial en  su expansión biogeográfica en la región del Golfo de México. Fungen como escalones de conectividad y corredor biológico en el proceso de colonización por parte de corales, peces, esponjas, crustáceos, moluscos y otros organismos cuyas larvas circulan desde el Caribe con la corriente del Golfo. Y mejor, en torno a ellos se excluye la pesca comercial por seguridad. Esto hace que muchos de los ecosistemas arrecifales del Golfo de México sean una anomalía planetaria: gozan de plena salud y  expanden su distribución; a diferencia de casi todos los demás, en retroceso y depauperación biológica.
Será un beneficio inesperado de la reforma energética y de la inversión privada en exploración y producción petrolera.