viernes, 1 de enero de 2016

Palabras del Arq. Enrique Ortiz Flores al recibir el Premio Nacional de Arquitectura 2015

PREMIO NACIONAL DE ARQUITECTURA 2015
Arq. Enrique Ortiz Flores



Ante todo quiero expresar mi reconocimiento y gratitud a la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México y a quienes, desde diversas organizaciones gremiales propusieron y apoyaron mi candidatura al Premio Nacional de Arquitectura.

Ser honrado con este prestigiado reconocimiento, tiene para mí un profundo significado y estimula mi compromiso para seguir adelante.

Otorgar el Premio Nacional de Arquitectura a alguien que no hace lo que corrientemente se espera de un arquitecto, es sin duda un acto de valentía. Algunos pensarán que es un despropósito y otros menos solemnes, que es una manifestación más de la vigencia del surrealismo mexicano.

No lo es ciertamente para quienes por décadas venimos luchando por abrir cauces viables a la función social de la arquitectura y nuevos rumbos al quehacer del arquitecto y de otras disciplinas con las que interactuamos en apoyo de las necesidades sociales más apremiantes y de los procesos encaminados a superarlas.

Es desde esta perspectiva que recibo este premio, siendo consciente de que no es un logro meramente personal sino de una labor que vengo realizando con muchas otras personas y organizaciones con las que he tenido la fortuna de compartir convicciones y experiencias, tanto en las organizaciones civiles y el gobierno como en la Coalición Internacional para el Hábitat.

Con reconocimiento a su compromiso y trabajo incansable, lo comparto también y muy especialmente con los compañeros de las organizaciones sociales que enriquecen día con día nuestro andar, haciendo convergentes nuestros planteamientos con sus luchas y con quienes, desde sus carencias, han sido capaces de asumir con decisión y compromiso el reto de construir un mundo para todos.

Esta ya larga experiencia y muy diversas expresiones que veo multiplicarse en todos los rincones del planeta, me hacen ver que algo muy profundo está surgiendo en la conciencia de muchos hombres y mujeres. Algo que va mucho más allá de cuestionar el mundo que venimos construyendo y que no es el que deseamos heredar a nuestros hijos y a nuestros pequeños nietos, llenos aún de alegría, de creatividad y de esperanza.

Un mundo que en aras de la modernidad, el desarrollo y el progreso ha colocado al dinero en el núcleo de sus aspiraciones y al crecimiento, la acumulación, la competencia y el consumismo, sin límites, como sustento fundamental de su estrategia.

Que, como consecuencia de ello, está depredando la naturaleza, generando mayor desigualdad y pobreza, violencia y destrucción, poniendo en cuestión la viabilidad de su propio proyecto y de la vida misma en el planeta.

Desde lugares y ámbitos sociales y culturales muy diversos, se multiplican las voces y las experiencias que apuntan hacia un profundo cambio civilizatorio que reposicione al ser humano, en armonía con la naturaleza, al centro de nuestro quehacer y de nuestra ética.

Planteamientos que apuestan por el rescate de valores como la solidaridad, la empatía, el amor, la compasión, la gratuidad, la voluntad de compartir, el respeto a la vida y a nuestras diferencias, como cimiento de una nueva civilización capaz de construir condiciones de igualdad, sustentabilidad y vida plena.

Destaco al respecto la afortunada coincidencia de compartir esta ceremonia con el Dr. Rodolfo Neri Vela, lo cual tiene para mí un profundo valor simbólico.

Hace varios siglos que gracias a la ciencia supimos que no éramos el centro del universo, pero aún nos cuesta trabajo comprender que no somos los dueños de la tierra y mucho menos que por ser la única especie consciente que la habita, somos, sí, responsables de cuidarla y mantenerla viva. Que es nuestra nave común y la única posible en el universo, donde realizar a plenitud nuestra vida.

Los aún hoy despreciados pueblos indígenas de nuestra América, lo han tenido siempre muy claro. En muchas de sus ceremonias, después de danzar de frente hacia los cuatro puntos cardinales, dirigen su mirada y elevan sus brazos hacia el cosmos, para después hincarse y besar la madre tierra.

Tierra que hemos convertido en mercancía apropiable y disputable, al igual que lo hacemos crecientemente ya con el conjunto de los bienes comunes que hacen posible la vida en el planeta.

Entender que somos parte del cosmos y responsables de nuestro lugar común, debiera llevarnos a repensarlo todo, a construir una sociedad planetaria y armónica, sustentada en la enorme riqueza de nuestras diferencias y en el respeto a los ritmos de la naturaleza.

La lucha por una toma universal de conciencia que nos permita avanzar en esta dirección, constituye el verdadero sentido del progreso humano.

No basta pues con levantar protestas, ni siquiera con formular propuestas, es necesario ensayar nuevos caminos y empujar con fuerza y convicción los cambios que les den viabilidad y escala.

Es dentro de estos planteamientos y en el limitado campo del hábitat humano, donde ubico el compromiso y el quehacer cotidiano que comparto con muchos de los presentes en esta ceremonia y en muchos otros rincones del planeta.

Finalmente, no puedo dejar de mencionar algunos sentimientos y recuerdos íntimos que este momento y este lugar traen a mi memoria.

Son recuerdos de mi infancia cuando junto con mi madre acercábamos a mi padre a las puertas de este edificio donde fue profesor de muchas generaciones de ingenieros de minas y metalurgistas.

A veces bajaba del coche con él para que me hablara de los meteoritos que aún preceden la entrada a este patio. Él mismo había sido estudiante de ingeniería minera en este recinto en tiempos en que se fundara la Universidad Nacional de México. Su título está firmado por Justo Sierra pocas semanas antes de dejar la rectoría a inicios de la Revolución.

La entrega de estos reconocimientos por el Doctor José Narro Robles, a pocas semanas de llegar al término de su gestión, evoca en mí esos recuerdos y me impulsa a seguir persiguiendo los sueños de futuro que, desde la base consciente y responsable de nuestra sociedad global, se vienen concretando en millones de pequeñas experiencias transformadoras. Experiencias que aún debemos vincular, visibilizar, multiplicar y hacer que se comprendan y se apoyen para que podamos avanzar en paz y con paso firme en la construcción de ese otro mundo que hoy visualizamos ya como posible.

Arq. Enrique Ortiz Flores
Palacio de Minería

23 de octubre de 2015.