viernes, 1 de enero de 2016

Palabras del Dr. Rodolfo Neri Vela al recibir el Premio Nacional de Ingeniería 2015

PREMIO NACIONAL DE INGENIERÍA 
Dr. Rodolfo Neri Vela 



Queridos colegas y amigos: Muchas gracias por acompañarme en esta magna ceremonia, donde estamos reunidos para festejar a la ingeniería y a la arquitectura  mexicanas.

Pocos somos los que nos convertimos en protagonistas al recibir el premio nacional que, año tras año, la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México entrega con generosidad a algunos de nosotros. Sin embargo, ninguno que haya recibido este preciado reconocimiento pudo haberlo obtenido por sí solo, sin el apoyo, la colaboración y la entrega profesional durante  décadas de muchos otros ingenieros y arquitectos que, figurativa y merecidamente, también son reconocidos y honrados en este acto solemne.

Aunque únicamente hay un premio anual,  cada año hay miles de profesionistas   triunfadores en nuestro querido México, quienes destacan en todas las ramas de la ingeniería. Por ello, el premio que hoy se me confiere lo comparto con ustedes los ingenieros  presentes  y con todos aquellos ausentes que en algún lugar del país se esfuerzan por dignificar a nuestra profesión.

Este premio también debe servir como estímulo para las nuevas generaciones y para los jóvenes que hoy estudian ingeniería o que inician su desempeño en esta honorable carrera, a fin de que se esfuercen y venzan todos los obstáculos necesarios para triunfar y dejar huella de su paso por este camino que a la Humanidad le ha tocado recorrer.

Debo confesar que habiendo sido profesor e investigador de telecomunicaciones durante tres décadas en la UNAM y habiendo tenido extraordinarias alumnas que hoy brillan por cuenta propia en el ejercicio de su profesión, así como muchas otras ingenieras que destacan en otras especialidades, me extraña que hasta ahora ninguna mujer haya recibido este premio nacional. Creo que ya es justo, razonable y oportuno, en honor a las ingenieras mexicanas y a la equidad de género a la que aspiramos en México, que muy pronto se reconozcan la calidad y el éxito femeninos con la entrega de un futuro premio.

Hace 40 años exactamente, al obtener mi  preciado título de ingeniero en la UNAM, decidí que ya era hora de conocer el mundo. No era fácil volar en aquellos tiempos, y yo quería ir lejos, muy lejos… Así que decidí realizar mi maestría y mi doctorado en Inglaterra, y lo logré, respectivamente, con becas del Reino Unido y de México.

Vivir y estudiar algún posgrado en un país avanzado siempre es enriquecedor, no sólo en conocimientos, sino en el aspecto cultural, el sentido de la independencia personal y otros elementos que a cualquiera fortalecen como individuo y como profesionista.

Pero, como todo en la vida, llegó el momento de decirle adiós al reino Unido. Había que hacer las maletas y regresar, a trabajar, a devolverle  a México una pequeña parte de lo que  me había dado, y a reunirme con mi querida familia.

Nunca imaginé que años después yo iría aún más lejos, donde pocos seres humanos habían incursionado; a un espacio totalmente desconocido y hasta entonces sólo visitado por un puñado de rusos y estadounidenses.

Celebremos momentos como éste, pero no perdamos el rumbo ni caigamos en triunfalismos vanos.

Sin educación de alto nivel, sin investigación de vanguardia,  sin instalaciones decorosas, sin renovación de la planta académica, sin suficientes patentes y sin desarrollo de tecnología propia, nuestro amado país y sus jóvenes generaciones seguirán teniendo un futuro incierto. Las naciones triunfadoras del siglo XXI serán las que logren generar conocimiento y que eviten, a toda costa, la pérdida de sus mejores recursos humanos, a través de la hoy permanente fuga de cerebros.

Nuestras escuelas básicas, nuestras universidades, nuestras instituciones, todas ellas invierten tiempo, esfuerzo y fondos públicos para formar a brillantes ingenieras e ingenieros, además de profesionistas en muchas otras disciplinas, quienes, muchas veces, al encontrar muros infranqueables y más elevados que la propia Muralla China, no hayan las plazas de docencia e investigación que merecen y se ven obligados a emigrar y dejar atrás su querida Patria.

El gran perdedor en este desorden administrativo es México, ya que le regala sus mejores talentos a los países avanzados, mismos que se ven beneficiados con sangre nueva e innovadora.

En ciertos casos, avanzamos en reversa, aminorando y olvidando  nuestro pasado, destruyendo lo que otros han construido con esfuerzo y patriotismo, escudados en la bandera de la supuesta “globalización”. Sí, efectivamente todo está globalizado, pero en la realidad  vivimos en una gran  selva global, donde cada país lucha diariamente  por conservar lo que ha logrado, por progresar y por mantener el estatus económico de sus ciudadanos.

Nadie regala nada en este planeta Tierra. Sólo hay convenios de cooperación. Si no tienes nada que ofrecer, tampoco recibirás gran cosa…  Y eso lo tenemos que entender y aceptar, para actuar en consecuencia.

Sólo podemos ver armonía e igualdad desde el espacio exterior. Créanmelo, yo estuve ahí.

No se perciben fronteras, pero sabemos que sí existen los pasaportes, las visas, las extradiciones, las guerras, las ideologías, las religiones, los fuertes intereses económicos.

Tampoco se aprecia desde la órbita terrestre, a simple vista y sin instrumentos, algún tipo de contaminación. La Tierra se ve magnífica, luciendo sus vivos y brillantes colores, flotando majestuosamente en el negro profundo del vacío del espacio.

Pero sí hay una terrible contaminación en la superficie terrestre. Lo sabemos, lo comentamos, y nadie hace nada contundente para frenarla y revertirla.

Y también la hay en las profundidades de los océanos y en las capas de la atmósfera.

La raza humana es la mayor depredadora de la Tierra. No puedo aventurarme a aseverar que sea la principal del Universo, porque tal vez existen extraterrestres aún peores que nosotros y que ya se encargaron de destruir y hacer desaparecer su propio planeta.

Cuando menos, ya nos percatamos, estamos conscientes, y eso se lo debemos a la tecnología espacial. Sin ella, por ejemplo, jamás habríamos descubierto el deterioro de la capa de ozono, o  la existencia y la distribución del campo magnético que nos protege contra las mortíferas radiaciones solares, o cómo funciona el equilibrio térmico del medio ambiente durante el día y la noche.

Tampoco tendríamos comunicaciones en tiempo real y por todos los rincones del planeta.  La vida y las actividades cotidianas serían muy lentas.

Asimismo, miles de vidas se habrían perdido si no contáramos con satélites meteorológicos o de observación de la Tierra, para poder dar alertas tempranas y tomar las previsiones necesarias antes de la llegada de fenómenos destructivos.

Inclusive, los satélites y otras tecnologías asociadas nos han permitido conocer mejor, a distancia y sin que ellas lo noten, los hábitos de muchas otras especies que comparten el mundo con nosotros por tierra, aire y mar:  sus migraciones, su reproducción, sus afectos, y su lucha diaria por la sobrevivencia.

Tecnológicamente, México está más rezagado que hace 30 años, cuando yo fui al espacio. Los únicos que mantienen  modestamente el prestigio internacional del país en materia espacial son algunos de  nuestros astrofísicos y geofísicos, quienes llevan en la sangre la misma pasión y veneración de los antiguos mayas por los misterios del Cosmos.

Así como la teoría sobre la expansión del Universo nos dice que las galaxias siguen alejándose entre sí, yo veo, como una triste y alarmante analogía, que las naciones más avanzadas del planeta se alejan cada vez más y más de México.

Nuestro país está inmerso en la violencia, la inseguridad, la corrupción, la injusticia, la simulación, la hipocresía, el nepotismo, el hambre, el analfabetismo, la desigualdad social, el cinismo político, el racismo, la discriminación, el malinchismo y falta de valores nacionales, y muchos otros horrendos males y plagas que espantarían a cualquier sabio profeta del Antiguo Testamento.

Se requiere una nueva visión de Estado, verdadera transparencia administrativa sin simulaciones o absurdos como mantener información secreta durante años en una especie de cápsula del tiempo, justicia rápida y clara, y mejores oportunidades de educación superior para nuestros jóvenes, a la par de reducir el analfabetismo, ya que es vergonzoso y cínico que nos digan zalameramente que México es la potencia económica número 12 del mundo, cuando cerca de la mitad de los más de cien millones de habitantes apenas sabe leer y escribir con dificultad.

Somos la gran maquiladora del planeta, bajo el pretexto de que comercialmente nos conviene por la cercanía con el país más poderoso de la Tierra. Descuidamos la educación, la investigación y la incipiente tecnología mexicana. Y lo poco que hay, algunos lo quieren destruir y borrar de la historia.

Nosotros tuvimos un astronauta antes que Japón e Italia, por ejemplo. Nos hemos quedado con uno durante 30 años,  mientras que ambos países ya han puesto en órbita a cerca de una docena de hombres y mujeres, cada uno de ellos.

Para poder generar conocimiento y desarrollar tecnologías en materia espacial  se requieren cuatro pasos básicos:

-      Primero: Fijarse un proyecto, una meta, un claro objetivo, y asignar recursos realistas.
-   Segundo:  Hacer el plan de trabajo, calendarizar, etiquetar con fechas y responsabilidades.
-         Tercero: Involucrar a las empresas (con fondos semilla), las universidades y los centros de investigación,  con estricta vigilancia y  coordinados eficazmente por la agencia espacial oficial  a través de verdaderos  especialistas en las diferentes disciplinas que ello implica.
-         Y como cuarto y el más difícil de todos: Trabajar en equipo, ponerse la camiseta de México, cumplir con eficiencia, sin retrasos ni excusas eternas, y entregar las cosas funcionando en la fecha especificada, penalizando y castigando a quienes hayan abusado de la confianza y los recursos que fueron depositados en ellos.

Hasta entonces, si dichos pasos se cumplen al pie de la letra, las agencias espaciales de otros países se arriesgarán a firmar convenios de colaboración que tentativamente incluyan algún porcentaje de integración mexicana en sondas interplanetarias, satélites de comunicaciones, meteorológicos o de observación de la Tierra, robots lunares o marcianos, telescopios o laboratorios que operen en el espacio.

Necesitamos reforzar el paso, abandonar la inercia estática y conformista, rendir cuentas claras y oportunas, y quienes no puedan cumplir con responsabilidad, que se vayan de su zona de confort, y que le cedan la oportunidad  a otros mexicanos visionarios que no dejan de esforzarse y de soñar con la esperanza de un México mejor, más digno, igualitario, ordenado y progresista, para ellos y para sus hijos.  

Muchas gracias por su paciencia,  felicito al Arquitecto Enrique Ortiz Flores, Premio Nacional de Arquitectura, y externo mi infinito agradecimiento a la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México, por este magnífico Premio Nacional de Ingeniería.


Muchas gracias.